martes, 10 de mayo de 2016

Antoñete y Atrevido, medio siglo de una obra eterna

 
Ocurrió hace ahora nada menos que 50 años. Medio siglo de aquella tarde de San Isidro de 1966, en la que Antonio Chenel Albadalejo "Antoñete" y "Atrevido", toro de Osborne, se encontraron en el ruedo de Las Ventas para escribir sus nombres en la Historia del Toreo.
Pero aquella tarde que hoy recordamos, también estaba precedida por dos historias paralelas que se acabaron uniendo aquel 15 de mayo en un capítulo glorioso: la del torero y también la del toro.
"Antoñete", madrileño nacido en la España republicana de 1932, había pasado la Guerra Civil en Castellón y regresado a la capital en 1940. Su cuñado y segundo padre (marido de su hermana mayor), fue Paco Parejo, mayoral de la plaza de Las Ventas durante décadas. Desde muy niño, siempre estaba presente en el patio de caballos, las cuadras y en los corrales de la plaza de la mano de su cuñado, y fue allí donde, pudo aprender de muchos toreros que acudían al ruedo de Las Ventas a entrenar, además de por supuesto presenciando todos los festejos.
Su aprendizaje y duro rodaje se forjó en las capeas de los pueblos, vistiéndose por primera vez de luces en 1946, y desarrollando su etapa de novillero con cierto ambiente entre 1949 y 1952, tomando la alternativa en Castellón en marzo de 1953 de manos de Julio Aparicio, siendo Pedrés el testigo y los toros de Curro Chica.
Torero de corte clásico, puro y eterno, de clase, empaque, sentimiento y gran temple y con toda su tauromaquia cimentada sobre la inteligencia y el valor. Aunque su carrera de matador de toros, desarrollada desde 1953 hasta el 2001, tuvo grandes altibajos, retiradas y reapariciones, Antonio Chenel "Antoñete", fue un gran torero en activo y, después, una gran figura del toreo ya retirado, pues su ejemplo, sus lecciones, su concepto y la perfección que llegó a alcanzar su toreo, marcaron una época y se remontaron a lo largo del tiempo.
Entre 1953 y 1958, el joven torero había logrado cosechar triunfos importantísimos, el primero de ellos el mismo año de su alternativa, cuando logró abrir la Puerta Grande de Las Ventas la tarde siguiente de su confirmación, cortando tres orejas a su lote de Fermín Bohórquez.
Pero su carrera no había acabado de romper, pues, el torero tenía unos huesos que eran prácticamente de cristal y más aún con el toreo tan puro que realizaba, sufrió innumerables y graves fracturas óseas que frenaron su ambiente y le cortaron cuando se encontraba en buen momento y comenzaba a despegar y a posicionarse como un claro candidato a ser figura del toreo.
De esta forma, en 1959, decidió retirarse, pero regresó en 1960, manteniéndose en activo, aunque toreando poco, hasta 1963, cuando "Antoñete", que además sufría una crisis en su vida personal, decidió poner punto y final a su carrera como matador y cambiar el oro por la plata. Durante las temporadas de 1963 y 1964, "Antoñete" estuvo absolutamente en el olvido, con la idea en la cabeza de hacerse banderillero, pero frenado por el miedo a poner banderillas, ya que su intención era la de colocarse con algún matador banderillero, pues, siempre manejó maravillosamente el capote pero no quería de ninguna forma colocar los rehiletes. Solo toreó Chenel varios festivales en esos años, y lo hizo de la mano de la única persona que siempre creyó en él y que sabía el gran torero que podía ser y que era: José Gutiérrez "Mirabeleño", torero, ganadero y empresario, además de padre del matador de toros Juan Mora. Finalmente, en julio de 1965, tras meditar su decisión, "Antoñete" acudió a comunicarle a Paco Parejo su decisión, para que éste le ayudase a encontrar un matador banderillero con el que poder colocarse. Pero Parejo le dijo que, antes de buscar nada, había una corrida de Félix Cameno, (aunque muy fuerte y con cuajo), prevista para el 8 de agosto, en la que aún había un puesto por designar y que él mismo podría hablar con la empresa para que lo incluyese en el cartel y una vez quemado ese último cartucho, ya podría ponerse a buscar una cuadrilla en la que colocarse.
De esta forma, "Antoñete" se anunció el 8 de agosto junto al mexicano Jesús Delgadillo "El Estudiante" y el confirmante Pepe Osuna, para lidiar una corrida murubeña de Cameno de hechuras armónicas y con cuajo y seriedad. No sabemos muy bien por qué, pero el caso es que, a pesar de ser una corrida de verano en Las Ventas, en las que, como sigue sucediendo, se anuncian toreros con poco cartel a los que se les concede una oportunidad, la plaza registró una excelente entrada, pues hubo casi lleno. "Antoñete" lució un terno celeste y oro con bastantes puestas y se vistió en su propio apartamento, el cual tenía alquilado. Como anécdota, valga recordar también que Pepe Osuna dio la vuelta al ruedo con el de la confirmación (que fue de banderillas negras) y también en el sexto y "El Estudiante" cortó la oreja del cuarto. "Antoñete" se había lucido con el capote ante su primero, "Domador", un toro que tuvo complicaciones y con el que estuvo firme y poderoso y al que tenía cortada la oreja, pero la espada hizo guardia y todo quedó en una vuelta el ruedo. Finalmente salió el verdadero último cartucho, un ejemplar llamado "Flor de Malva" y que solo hizo una cosa fea, intentar saltar al callejón de salida. "Antoñete" le realizó un gran quite a la verónica que remató con la media y aquí ya vio clara la calidad del toro y decidió arriesgarlo todo, absolutamente todo, a una carta.
Media verónica de "Antoñete" a "Flor de Malva" (Archivo El Ruedo)
Empezó su faena doblándose por abajo, ganándole terreno y empujándolo hacia delante y rematando con un soberbio trincherazo, para después cuajar al toro por ambos pitones y formarle un lío gordo.
Soberbio pase de pecho de "Antoñete" al toro de su resurrección.
(Archivo El Ruedo)
En aquel momento, la heterodoxia reinaba en el toreo con "El Cordobés" y Las Ventas, con "Antoñete", pudo ver la resurrección del toreo puro, el toreo caro, el toreo de verdad, el clásico y el que nunca pasa de moda. "Antoñete", tras haberse volcado en cuerpo y alma con aquel toro, se perfiló en la suerte natural y se fue detrás de la espada entrando a morir, cobrando un verdadero estoconazo aunque perdiendo la muleta, rodando sin puntilla "Flor de Malva", del que se le concedieron justísimamente
Muletazo al natural...
 las dos orejas que le abrieron de par en par la Puerta Grande. Las crónicas hablaban de la exitosa reaparición de "Antoñete", quien afirmaba nunca haberse ido.
Aquella fue su resurrección como torero y ya, jamás en su vida pensó en hacerse banderillero y además, siempre estuvo eternamente agradecido al encaste Murube y a ese "Flor de Malva" que cambió su vida, por eso se hizo ganadero décadas después con ganado de esta procedencia.

... y la soberbia estocada aquel 8 de agosto. (Archivo El Ruedo)

 
La empresa lo repitió el 22 de ese mismo mes, con una corrida de Escudero Calvo que no ayudó y con la que no pasó nada, por lo que D. Livinio Stuyck (empresario entonces), le propuso un trato: le anunciaría en la Feria de Otoño con otra corrida de Cameno y, si obtenía al menos un trofeo, le concedería dos corridas para el San Isidro de la temporada siguiente. Chenel, tras otra importante faena, consiguió cortar esa oreja que le abría las puertas de San Isidro y, durante la vuelta al ruedo, se paró ante D. Livinio para mostrársela con descaro, y el empresario no dudó en cumplir su palabra.
Se le concedieron dos corridas, que, irónicamente, eran, como le había dicho, una buena y otra "mala". La buena, el 24 de mayo, con la máxima figura de la época (El Cordobés) con los "santacolomas" de Felipe Bartolomé y la supuestamente no tan buena, el día de San Isidro con un cartel digno pero sin tanto relumbrón y con ejemplares de José Luis Osborne.
 
Después de esta larga introducción que pienso era necesaria conocer, nos pasamos a la otra historia paralela: la del toro. "Atrevido", ejemplar nacido en la jerezana finca de "Bolaños" seguramente sobre 1963 (leen bien), llevaba el número 56 en el costillar y fue embarcado junto a sus hermanos y expuesto días antes de lidiarse, como fue habitual durante tantos años, en la Venta del Batán. Aquí, la gente podía acudir libremente y en masa a ver las corridas que después se lidiarían en Las Ventas, y "Atrevido" pronto se hizo tremendamente famoso, pues se enamoraron de aquel precioso ejemplar al que llamaban "el toro blanco", que no era blanco sino ensabanao, además de un compendio de accidentes en el pelaje: alunarao, botinero, capirote, caribello y coletero. Era un toro terciado pero de una lámina preciosa y de bonitas hechuras, por el cual, se levantó gran expectación en ver cuál sería su juego en la plaza.
En la prensa del momento, también se habló mucho de ese ejemplar conocido como el toro blanco, que primero despertó gran interés por su singularidad, además de gran polémica y diversidad de opiniones sobre como definir su pelo y si, un ejemplar que se parecía más a una vaca lechera que a un toro de lidia, podría comportarse como bravo.
Imagen inédita de "Atrevido" pastando en uno de los cercados de la Venta El Batán. (Archivo El Ruedo)

La prensa hizo eco de la fama del toro. Aquí un fragmento del célebre semanario El Ruedo.

 
La del 15 de mayo de 1966, era la segunda de la Feria de San Isidro, cuya extensión en aquel entonces no era ni mucho menos la actual. La corrida de Osborne iba a ser estoqueada por Antonio Chenel "Antoñete", Fermín Murillo y Victoriano Valencia, después de que Fermín Bohórquez Escribano abriese plaza con un ejemplar de su propia ganadería.
Había expectación por ver a qué torero correspondía la lidia de ese "toro blanco", que finalmente, correspondió en el sorteo a "Antoñete", a quien no le gustaba nada el toro, pues le recordaba a una vaca mansa. Además, con la fama de la que venía precedido, Antonio pensaba que podía ser de esas veces en las que el público se pone de parte del toro. Sin embargo, su cuñado, gran conocedor del toro bravo, le dijo que estaba seguro de que sería un gran toro.
La corrida, para la que se colgó el "No Hay Billetes", en principio no se iba a televisar, pero, de última hora, Francisco Franco, decidió presenciar el festejo desde el palco real acompañado por el presidente de Nicaragua, motivo por el cual la corrida se acabó televisando, lo que ha permitido que hasta nuestros días hayan llegado las imágenes de aquella faena.
Según las crónicas, Fermín Bohórquez había estado bien con el que abrió plaza, pero el fallo con el rejón le privó de tocar pelo, mientras que, en sus primeros turnos, los tres matadores se enfrentaron a ejemplares con peligro y guasa, frente a los que estuvieron dignos y sus esfuerzos fueron reconocidos por las ovaciones del público. Entonces, en quinto lugar, se abrieron los chiqueros y, "Atrevido", de 486 kilos de peso, saltó al ruedo madrileño e hizo una salida muy fea, que, como estaba saliendo la corrida, hacía presagiar otro ejemplar como los anteriores. El toro salió frío y se paró en los medios a oler, embistiendo después al capote con genio y violencia antes de salir huyendo.
Estampa de "Atrevido" de salida.
Pero, tras tomar el primer puyazo, el toro cambió bruscamente y "Antoñete", que portaba un terno salmón y oro, realizó un quite a la verónica que abrochó con una media sublime, embistiendo el toro por primera vez con cierta suavidad. En el siguiente tercio, se lució con dos excelentes pares un torero de plata que fue de oro con capote y banderillas: Andrés Luque Gago.
El toro podía tener posibilidades, y "Antoñete", quien en aquel momento se encontraba con gran seguridad y confianza, inspirado y en estado de gracia, entendió al de Osborne y apostó por él. "Atrevido" no fue ni mucho menos un gran toro, sino un toro medio, que entendido y lucido perfectamente por el torero acabó mejorando y rompiendo, pero al que le faltaron muchas cosas, para empezar, haber peleado en el caballo y haberse entregado como hizo el torero.
Al ensabanado le faltaba entrega, clase y más recorrido, y embestía con un embroque un tanto incierto y cabeceando y reponiendo en ocasiones, pues tenía más genio y temperamento que otra cosa. Además fue un tanto tardo, pues miraba y dudaba, parones y titubeos que aguantó valientemente "Antoñete", que acabó por convencer al toro. Pero, la clave de la faena estuvo en que, el matador supo ver las virtudes del ejemplar, potenciarlas, lucirlas y por ende mejorarlas, pues "Atrevido" fue lo que se denomina agradecido. Virtudes del toro fueron la raza con la que embestía, así como su nobleza y su obediencia a los toques a pesar de ser mirón.
Tras brindar la faena, "Antoñete" se dirigió solemnemente hacia el toro (sujetado en el burladero) y una vez fijo éste, lo citó y se le vino galopando con alegría. Antonio le dio hasta cinco doblones flexionando la rodilla, ganando terreno, templando, mandando, sometiendo y llevando largo y hacia delante al toro para alargarle el viaje todo lo posible y ayudarle a romper, rematando con el de pecho por el izquierdo y con un soberbio trincherazo por el derecho.
 
El torero lo vio rápido y con la muleta en la izquierda se colocó dándole distancia al toro, una de las máximas del concepto del maestro, quien siempre afirmó que "la distancia es fundamental, entre otras cosas, para que surja la belleza de la arrancada del toro y la repetición de la embestida" y que la "izquierda es la mano fundamental en el toreo".
Tras dejarse venir al toro, de esta forma ejecutó Chenel varios naturales, perdiéndole varios pasos tras acabar el muletazo, tocando perfectamente y llevando toreada la embestida, aguantando estoico los parones y las miradas de "Atrevido". Siguió con otra serie sobre la zurda volviendo a citar de lejos, en la que de nuevo no consiguió ligar los pases pero, los enjaretó con quietud y excelente colocación y sentido del temple, arrancando ovaciones. Otra  buena serie al natural, toreando entonces más despacio y mandando en el toro, y luego llegó otra tanda por el pitón derecho toreando con gran compás en redondo, rematando con el de pecho y el trincherazo, del que salió andando toreramente. La faena había llegado a su punto álgido y "Antoñete" ya había dominado al de Osborne, que había acabado rompiendo aunque sin permitir el abandono. Pero lo que parecía podía ser el momento de recoger la espada, no fue sino el comienzo de una nueva faena, en la que toro y torero, ya acoplados mutuamente en ese diálogo con o sin palabras que crea la mágica simbiosis entre toro y torero, acabaron por hacer rugir la plaza de Las Ventas.
 
Aquí comenzó el verdadero acontecimiento, pues "Antoñete", en el punto de inflexión y explosión de la faena, volvió a coger la zurda y a citar en la distancia, arrancándose el toro gazapeando, aguantándole el torero y ligándole cuatro naturales soberbios, rematados detrás de la cadera con la cintura y la muñeca rotas, consintiendo de nuevo el parón por el lado derecho para ejecutar el de pecho de pitón a rabo, convirtiendo la plaza en un verdadero manicomio. Siguió Chenel sobre el mismo pitón y de nuevo le dio distancia al toro, que se le arrancó otra vez al paso, tragándole lo indecible y enganchándolo en el último momento, y aunque el toro no le repitió, "Antoñete" se entregó en cuerpo y alma y citó dando el pecho con gran verdad para trazar naturales hondos, profundos y cargando la suerte, rematando la serie con un gran pase de pecho barriendo el lomo de pitón a rabo. La plaza era un auténtico clamor y el torero, absolutamente roto y entregado, tras salir andando toreramente, volvió a darle distancia al toro sobre la izquierda. "Atrevido", cuyo fondo empezaba ya a acabarse, amagó con rajarse, y lejos de arrancarse reculó ante el cite del torero, que acortó la distancia y no le permitió la huida, consiguiendo que se le viniera y bordando otra gran serie de tres naturales atacándole al toro, rematando con el de pecho a la hombrera contraria y saliendo torerísimamente de la cara tras el desplante, armando el lío monumental. Por si faltaba algo todavía, "Antoñete" volvió a citar sobre la diestra y a ligar una excelente serie toreando muy en redondo, muy despacio, con relajo, con empaque, con gusto y naturalidad, en la que el toro respondió con más entrega y boyantía. Mientras la plaza se rompía en olés y las lágrimas corrían por las mejillas, llegó el final de la faena, de nuevo en la distancia, con tres derechazos de cintura rota, y a favor de querencia, el de pecho por el pitón izquierdo y un precioso ayudado por bajo por el derecho, seguido de un garboso abaniqueo rematado con un torerísimo desplante de frente y mirando al tendido (imagen inferior).
Ya con la espada de matar, "Antoñete", en un alarde de inspiración, se salió de su clásico concepto, para, dándole los adentros al de Osborne, pegarle un molinete de rodillas, uno de pecho rodilla en tierra y finalmente otro monumental de pecho ya en pie.
"Antoñete", discípulo de Rafael Ortega, era también un seguro y puro estoqueador, pero en esta ocasión, los nervios debieron de poderle y se colocó al hilo de pitón y no entró a morir como hizo con "Flor de Malva", cuando tenía un rabo cortado indiscutiblemente, pinchando dos veces y dejando después media estocada muy atravesada, en la que el toro le infirió un corte en la mano izquierda al tirarle un derrote en el momento de vaciarlo. Recogió entonces el descabello, visiblemente dolorido física y moralmente, consiguiendo atronar a "Atrevido" al segundo golpe de cruceta, agachándose a acariciar cariñosa y emotivamente la testuz del toro al que había cuajado de principio a fin.
"Antoñete" se retiró al callejón caminando emocionado lentamente, roto y vacío por dentro, pues había puesto el alma en cada muletazo y se había emocionado al sentir el rugido de la plaza, un clamor que aseguró que siempre tendría guardado en su corazón.
 
Aquella faena fue un verdadero hito y marcó un antes y un después, pues aquellos olés de Las Ventas salieron de las gargantas para quedarse; no pueden disiparse. La faena podía haber sido desprestigiada por la sobreexposición en tantas y tantas repeticiones, pero el toreo caro, el toreo eterno, el de quilates y el que se hace con la verdad y el corazón y en el que toro, torero y público se fusionan, no pueden sino engrandecerse con el tiempo y con el correr de boca en boca.
Aquella faena significó un antes y un después por muchas razones, pues, no fue una, sino dos faenas. Sesenta muletazos, en nueve tandas, el inicio por bajo y los remates finales, que rompieron la estructura de faena que siempre se había tenido, esa que decía y que perfectamente sigue diciendo que "lo bueno si es breve, es dos veces bueno" y que como decía Juan Belmonte, "quien quiera más que vuelva mañana". Pero en esta ocasión, la duración no hizo sino aumentar el calado.
En Las Ventas se produjo una lección de torería de un maestro que acabó entregándose en cuerpo y alma y parando los relojes, en una descarga de emociones que no parecía tener un punto álgido final y que no fue de menos a más sino de más a mucho más: una sacudida de toreo que emocionó al público y que escribió los nombres de ambos en la historia.
Lógicamente yo no estuve allí y las imágenes se conservan sin el audio original, pero tenemos los testimonios de quienes lo vivieron y estoy seguro de que aquello tuvo que ser verdaderamente grandioso, cuando no solo su recuerdo ha llegado hasta nuestros días sino que, recuerden, tras dos pinchazos, una media estocada fea y dos descabellos, el público, enfervorizado, flameó los pañuelos unánimemente, paseando "Antoñete" UNA OREJA de "Atrevido", antes de pasar a la enfermería, donde se le atendió de la mencionada herida en la mano izquierda.
"Atrevido", realmente no fue un gran toro, sino un buen toro, con sus cosas, que fue entendido y sobrepasado por un gran torero, lo cual da más importancia si cabe a la labor cumbre del matador. Sin ir más lejos, en esa misma corrida, en sexto lugar salió (como sobrero) un excelente ejemplar que le sobrepasó. Se llamó "Testajuelo", y tuvo una clase, una boyantía y una humillación cumbres, pero sin embargo, Fermín Murillo, mermado de facultades tras una reciente cornada, aunque pudo haber tocado pelo, no lo cuajó de verdad y por tanto, nadie recuerda a aquel gran toro.


"Testajuelo" embistiendo con el morro por
el suelo a la muleta de Fermín Murillo. (Archivo El Ruedo)

Por tanto, podríamos decir que, en realidad, "Antoñete" indultó a "Atrevido", pues no hay mayor indulto que el del recuerdo, recuerdo de ese famoso y singular toro blanco inmortalizado en tan gran obra.

Natural de "Antoñete" el 24 de mayo de 1966, cuando abrió la Puerta Grande
con la corrida de Felipe Bartolomé
Aquella faena no tuvo la firma que merecía, pero a pesar de que "Antoñete" jamás pudo empuñar el rabo de "Atrevido", aquella tarde se consagró como figura del toreo y como torero predilecto de la afición madrileña (aunque Madrid no se casa con nadie), en la que, para más méritos, era su primera corrida en toda la temporada y a la que había llegado, según confesó, tras torear únicamente una vaca en el campo. Tras aquel éxito, el 23 de mayo la empresa le anunció para sustituir a Antonio Ordóñez, cortando una oreja a un toro de Juan Pedro Domecq, y el día siguiente, en la corrida de Felipe Bartolomé junto a "El Cordobés", cortó una oreja de cada uno de sus toros, abriendo ahora sí la Puerta Grande.
Volvió a Las Ventas el 16 de junio para la Corrida de la Beneficencia, en la que volvió a pasear un trofeo y de nuevo, el 7 de julio se anunció en un cartel de relumbrón en la Corrida de la Prensa, en la que obtuvo un clamoroso triunfo de cuatro orejas, saliendo a hombros junto a Antonio Bienvenida y Curro Romero en una tarde verdaderamente memorable.
Resucitado y convertido de nuevo en figura, pudo anunciarse en carteles y citas de importancia, y en julio fue a Frejús (Francia) para sustituir a "El Cordobés" (donde cobró el famoso kilo de Benítez), pero allí, una inoportuna voltereta y la consecuente fractura de huesos le llevaron a cortar la temporada.
 
La cabeza de "Atrevido", fue disecada y colgada por "Antoñete" en el salón de su finca de Navalagamella, en la sierra madrileña, como presente y permanente recuerdo de su cita con la historia aquella lejana tarde de San Isidro de 1966.
Ya hace un lustro, cuando en el otoño de 2011, el maestro "Antoñete" nos dejó, y seguro que, por allá arriba, además de a su amigo "Romerito", debió de buscar a "Atrevido" para volverlo a torear.
 
Mario García Santos (@mario_garsan)
 

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