lunes, 26 de diciembre de 2016

Origen e historia del encaste Santa Coloma (1ª parte)

El encaste Santa Coloma es uno de los más bellos y singulares del campo bravo y ha sido protagonista de épocas doradas del toreo de la mano de muchas figuras que sintieron predilección por él.
Posee un comportamiento propio y una morfología y unos pelajes que lo definen, así como podemos decir que es único por su personalidad.
Son toros que se caracterizan por su sinceridad y por definirse rápido y no ser tan cambiantes como ocurre en Núñez y Atanasio, sino que en su salida dejan clara su condición tanto para bien como para mal. Requieren más aún que otros encastes una lidia ordenada y en la que se le hagan las cosas bien para que rompan, se entreguen y vayan a más, de lo contrario podrán desarrollar sentido. Este sentido hace que, en teoría sean animales de faenas cortas y medidas, pudiendo ponerse muy complicados para la suerte suprema si se les pasa de faena. Esto no indica que una vez se entreguen no puedan durar una eternidad como ha sucedido con toros que permitieron grandes faenas y que parecían no tener fin, como por ejemplo el famoso "Marquito", indultado en Granada por Ortega Cano.
"Marquito" de Ana Romero, cuya estampa es el prototipo de Santa Coloma.
Son además animales muy sensibles a los toques bruscos (con los que se aviolentan) y muy agradecidos cuando se les trata con temple y suavidad.
Los ojos de los Santa Coloma también son especiales, pues son saltones, intensos y vivos, siendo famosas sus miradas fulminantes hacia los toreros. Cuando nombramos este encaste, siempre se nos viene a la mente un toro cárdeno, bajo, enmorrillado, un poquito cuesta abajo y de cuerna armónica y nunca destartalada.
El prototipo Santa Coloma es ese toro bajo, armónico y serio, que debe rondar los 470 y los 500 kilos, pues de lo contrario estará acochinado y será difícil su movilidad.
Para adaptarse a los nuevos tiempos se ha trabajado por lograr un toro que pueda albergar más kilos, por tanto con más caja y también que abra más la cara, aunque el verdadero tipo del encaste y por tanto, lo que suele embestir, es el anterior, así que los ganaderos tratan de encontrar el término medio entre ambos, para llegar al toro exigido sin sacar de tipo el encaste.
El pelaje por antonomasia como sabrán es el cárdeno en todas sus tonalidades, al cual se suma el negro, ya sea zaino o entrepelado, y además, aparecen, (desde el origen del encaste a comienzos del siglo XX), todo tipo de accidentes desde los salpicados, bragados y meanos a los calceteros, calzones, luceros, cinchados, jirones, coleteros... La gran mayoría de las veces lo hacen en forma de pelos blancos, ya sea sobre el predominio del cárdeno o del negro. También hemos de mencionar que, muy excepcionalmente, en algunas ganaderías han aparecido ejemplares colorados, castaños o tostados, a consecuencia de un salto atrás por la línea ibarreña.
"Golosino" de La Quinta galopa tras la muleta de Juan Bautista en Istres.
La historia ha hecho que fruto de la disgregación de Santa Coloma, existan varias líneas dentro de un mismo encaste como son Buendía, Graciliano y Coquilla y también está estrechamente emparentado con el encaste Saltillo, pues Santa Coloma nace del cruce de Saltillo e Ibarra, y además, posteriormente, muchas ganaderías de Saltillo fueron refrescadas con ganado de Santa Coloma, como es el caso, nada menos que el de la de Victorino Martín.
Así, en esta reportaje (que se divide en dos partes), repasaremos toda la historia del encaste remontándonos a comienzos del siglo XX, para, viendo como se desarrollan los hechos, comprender el origen de lo que ha llegado a nuestros días.

El nacimiento del encaste

El encaste debe su nombre a D. Enrique de Queralt y Fernández de Maquiera, más conocido como el XI Conde de Santa Coloma, dinastía originaria de Cataluña. Resulta que a primeros del siglo XIX, la dinastía de los Santa Coloma se había unido mediante un matrimonio con la de los Bucareli, unos negociantes genoveses que por establecerse en Sevilla tuvieron un poder inmenso en España y América, además de un patrimonio tremendo de edificios y tierras. Por tanto, al unirse las dos familias, los descendientes heredaron el patrimonio de ambas.

El XI Conde de Santa Coloma, además de maestrante de Sevilla, era un gran aficionado al toro tanto en la plaza como en el campo e íntimo amigo de los más importantes ganaderos del momento como eran los Miura, los Duques de Veragua y el Marqués de Saltillo. El Conde recibió en la dote de su abuela Bucareli una auténtica joya, una finca de 3000 hectáreas situada entre Alcalá de Guadaira y Morón de la Frontera: el celebérrimo cortijo "Bucaré". Por cierto que este nombre no tiene más significado que el de la castellanización del apellido italiano de los propietarios de la hacienda.
Esto ocurrió a primeros del XX y el Conde decidió hacerse ganadero de bravo en "Bucaré", al igual que lo hubiera hecho su antepasado en el siglo XVIII. Al tratarse de un importante aristócrata, no podía tener cualquier ganado, sino levantar una vacada importante y a la altura de su título, por lo que tras estudiarlo, cuando supo que D. Eduardo Ybarra había puesto su ganadería en venta se lanzó a por ella. De esta forma, la que era una de las más importantes ganaderías del momento, fue dividida en dos lotes iguales: uno lo compró D. Fernando Parladé y con el otro se hizo el Conde de Santa Coloma.
Así, el ganado de Ybarra llegó a "Bucaré" en 1904 dándose el Conde por satisfecho, sin embargo, en 1905 falleció la Viuda de Saltillo. La ganadería de ésta estaba en manos del nuevo Marqués, pero su madre siempre le había impedido que la vendiese, pues no quería que tan importante vacada creada fruto de la selección realizada saliese jamás de su familia. No obstante, una vez fallecida ella, no tuvo ningún reparo en venderla, aceptando todas las opciones de compra, adquiriendo también el Conde de Santa Coloma un lote.

Portada del Cortijo "Bucaré".
De esta forma, el Conde reunió en "Bucaré" ganado de dos de las mejores ganaderías de su época. Ambas eran ramas de un mismo árbol, pues habían surgido de la casta fundacional de Vista Hermosa, pero habían evolucionado por separado, siendo por tanto ambas radicalmente diferentes.
Las reses de Ybarra tenían mucha más caja y volumen y en ellas predominaba el pelaje negro y en menor medida el castaño y el colorado. Su bravura era más noble y toreable y sobre todo era importante su regularidad, lo cual la hacía la predilecta de los toreros. Sin embargo, esa toreabilidad y nobleza a menudo estaban cercanas a la mansedumbre.
Mientras tanto, los Saltillos tenían menos caja y mayor alzada y finura y la capa cárdena era la predominante. Eran toros mucho más duros, fieros y vivos, y su bravura desembocaba en el genio, el peligro y el sentido.
Así, el Conde llevó dentro de su propia ganadería tres líneas por separado: una pura Ybarra, otra pura Saltillo y otra que era la cruza de ambas. De esta última esperaba lograr su creación, la de una ganadería que aunara lo mejor de ambas sangres.
Pasados varios años, decidió conservar solo la cruza, decidiéndose a vender las partes que aún conservaba puras. De esta forma, mediante estas ventas, se escribirán otras historias por separado.

Lo primero que vendió, fue la parte de Saltillo en 1912, conservando únicamente las vacas con notas más altas. Y el comprador de este lote de 173 cabezas fue nada menos que su propio hermano menor, D. Hipólito de Queralt y Fernández de Maquiera, el XIII Marqués de Albaserrada, el cual poseía en Gerena la famosa finca "Mirandilla", a donde viajaron los "saltillos" (que solo permanecerían allí 9 años).

El de 1919 sería un año dorado para ambos hermanos, ya que en la Plaza Vieja de Madrid el 11 de mayo se le dio la vuelta al ruedo al famosísimo "Bravío" número 70, ejemplar del Conde de Santa Coloma que resultó de bandera y que aunó lo mejor de las sangres Saltillo e Ybarra, en cuya bravura se equilibraron a la perfección.

"Bravío" en los corrales de la plaza de Madrid.
Pero además, el 29 de mayo siguiente, el no menos célebre "Barrenero", perteneciente a la ganadería de su hermano el Marqués de Albaserrada, fue también de bandera y de vuelta al ruedo. Este toro fue aún más duro y fiero que el anterior, pegando con él Rodolfo Gaona un petardo mayúsculo al verse desbordado el gran torero mexicano. Por cierto que esa tarde el hierro de la A coronada tomó antigüedad.
Revista de la época que ilustra el momento en el que Gaona intenta descabellar en medio de una bronca tremenda.
La cabeza de "Barrenero", disecada en Gerena.
El Conde de Santa Coloma, vendería en 1916 un lote en el que predominaban las reses puras ibarreñas pero en el que también incluyó desechos de tienta y ganado de la línea Saltillo y de la cruzada. Éste fue adquirido por el ganadero salmantino Francisco Sánchez de Coquilla, naciendo por esta vía la famosa rama del que sería encaste Santa Coloma.
Por último, en 1920 vendió otro lote en el que también predominaba la sangre ibarreña y en el que la de Saltillo aparecía en un porcentaje menor al anterior, lo que explica las grandes diferencias entre ambas. Éste fue adquirido por el gran ganadero salmantino Graciliano Pérez Tabernero, quien dio forma y nombre a esta otra rama del encaste.

La ganadería del Conde tuvo sus años dorados cuando la cruza fue equilibrada en las primeras generaciones en las que había un 50% perfecto de ambas y el gran Joselito el Gallo, la tuvo como una de sus predilectas. Quien fuera el artífice del toreo y el toro moderno estaba seguro de que las ganaderías procedentes de Vista Hermosa y concretamente sus líneas Saltillo y Parladé eran las mejores para el toreo, por lo que en la del Conde encontró la ganadería ideal al ser una cruza de ambas, llegando a estoquear hasta 109 toros suyos, muchos de ellos en manos a manos con Belmonte
Cabeza de "Cantinero", toro de Santa Coloma (de la
línea cruzada) al que Gallito cortó la primera oreja
 que se concedía en la historia de La Maestranza.
y como único espada, como la famosa tarde de 1915 en la que cortó la primera oreja de la historia de La Maestranza de Sevilla, un hito al que ya le dedicamos una entrada con motivo de su centenario (Pinchando aquí podrán recordarla).
Gracias a José la ganadería se puso en la cima, pero, la cruza, al seguirse cruzando sin equilibrar correctamente la balanza hizo que la vacada decayese, pues desarrolló los defectos de ambas líneas, siendo por lo general ejemplares geniudos, con peligro, sentido y mala casta, lo que provocó el rápido rechazo de los toreros. Joselito falleció en 1920 y en 1921, un toro santacolomeño hirió de gravedad a Belmonte en Sevilla, mismo año en que el Marqués de Albaserrada fallecía de un infarto. Durante los años 20 la vacada siguió en declive y finalmente el Conde decidió venderla en la primavera de 1932, pues, teniendo en cuenta además la situación de su vacada, ante la llegada de la República, evitó el saqueo de sus fincas y palacios haciendo creer estar arruinado.
Desde esta forma, el hierro, la divisa, el ganado y la finca "Bucaré" pasaron a manos de D. Joaquín Buendía Peña, un joven de apenas 24 años para quien su padre y su padrino (ambos socios e importantes agricultores) compraron la ganadería de Santa Coloma.
Sobre el trabajo y el papel de D. Joaquín, quien escribiría las páginas más gloriosas del encaste Santa Coloma, hablaremos en la segunda parte de este reportaje.

La influencia "santacolomeña" en Victorino Martín

El legendario hierro de la A coronada y la divisa azul y encarnada, cuya antigüedad se corresponde con la tarde en que se lidió "Barrenero", es el que creó el Marqués de Albaserrada para herrar los puros "saltillos" que criaba en "Mirandilla". Este mismo hierro lo conserva en la actualidad D. Victorino Martín y por esa raza razón, a los "victorinos" también se los conoce como "albaserradas" pues son descendientes de los ejemplares que el Marqués criaba en Gerena. Sin embargo, la historia de cómo el hierro y la ganadería llegaron a manos de D. Victorino Martín Andrés no es tan conocida.
Un joven Victorino Martín Andrés ejerce de
picador en un tentadero.
Tras triunfar con fuerza en Madrid con su toro "Barrenero" en 1919, el Marqués de Albaserrada falleció el año siguiente víctima de un infarto. Su viuda, quien realmente no sabía qué hacer con la ganadería, accedió a venderla en 1921, aceptando la oferta del vallisoletano D. José Bueno Catón, un adinerado comerciante de cerdos. De Bueno pasó a su viuda Dña. Juliana Calvo en 1928, quien, alrededor del año 1940, refrescó la ganadería comprando 50 vacas y un semental a D. Joaquín Buendía. Cuando Dña. Juliana fallece en 1941 sin descendencia, la ganadería la heredaron sus cuatro sobrinos Antonio, Josefa, Florentina y Andrea, quienes lidiaron a nombre de "Escudero Calvo Hermanos". A comienzos de los 60, el hierro atravesaba un momento muy delicado y sus propietarios buscaban desesperadamente comprador, pues de lo contrario se verían obligados a mandarlo al matadero.
De esta forma, un carnicero de Galapagar llamado Victorino Martín Andrés, compró (junto con sus hermanos) la ganadería entre los años 1960 y 1965 a un bajo precio de carne. Aunque muchos le dijeron que se arruinaría comprando una ganadería que por algo iba al ganadero, D. Victorino estaba convencido de que "le había tocado la lotería". El resto de la historia ya es sabida: Victorino creó una de las más importantes ganaderías de la historia y que sigue en la cúspide en la actualidad.
Por cierto que nada tienen que ver con los "victorinos" los "albaserradas" que desde 1947 pastan en "Mirandilla", los cuales son de origen Isaías y Tulio Vázquez.
La sangre predominante en Victorino es la de Saltillo, pero, por ese refresco que realizó Dña. Juliana con reses de Buendía, la sangre "santacoloma" también tiene una alta influencia en la ganadería y que se refleja en las hechuras, pues también aparecen toros bajos, enmorrillados, con el denominado "hocico de rata" y con el innegable tipo "santacolomeño". Recuerdo por ejemplo un ejemplar llamado "Estanquero", lidiado por El Cid en Sevilla en 2015, muy en Buendía y por supuesto, también vemos esta influencia en las hechuras del grandioso toro "Cobradiezmos".
 
"Cobradiezmos", indultado en La Maestranza el 13 de abril de 2016.
En la segunda parte de este reportaje hablaremos del trascendental papel de D. Joaquín Buendía Peña, quien escribiría las páginas más gloriosas de este singular encaste.
 
Mario García Santos (@mario_garsan)

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